Respuesta a la carta de Héctor Alonso López

por Antonio Ledezma

Con justificada y comprensible emoción leo carta remitida por Héctor Alonso
López, un hermano de luchas quien además fue nuestro maestro y paradigma de
conducta política en esos tiempos iniciáticos de la carrera política que
emprendimos desde 1972 a nivel nacional. Recibir esa misiva del líder que nos
marcaba el derrotero y hacía sonar el diapasón de nuestros acordes y sueños
juveniles, es renovar esas esperanzas que siguen vivas y vigentes en nuestras
almas y en el sentir de los miles de renovadores esparcidos por toda la geografía
venezolana y ahora también como parte de la diáspora.

Hector Alonso me agradece la referencia que hago sobre su trayectoria en mi
reciente libro ¿De Dónde Venimos y Hacia Dónde Vamos? en el cual señalo «fue
un timonel exitoso del movimiento juvenil a quien se le entorpeció el ascenso a
la Secretaria General de Acción Democrática, hecho que cambió,
indubitablemente, la historia del partido y de alguna manera,
consecuencialmente, la del país”. Como dijo Cecilio Acosta: “hacer justicia no es
favor”. No hice un halago gratuito, lo que escribí sobre tí, Héctor Alonso, es la
fiel descripción de un líder auténtico que estuvo a punto de cambiar el destino
del partido Acción Democrática y que seguramente, con ese proceso de
renovación –para entonces en marcha– le habríamos ahorrado a Venezuela
estos desenlaces que nos empujan, más y más, al fondo del abismo de donde
pretendemos salir lo antes posible. Es pertinente recordar que en octubre del año
1991, tuvo lugar la Convención Nacional del partido, celebrada en el parque de
Naciones Unidas de la Parroquia Paraíso de Caracas. Allí, Luis Alfaro Ucero
aventajó a Héctor Alonso por 72 votos. Insólito resultado, si inventariamos las
consecuencias de algunos sucesos previos, como el escamoteo de la victoria que
días atrás habíamos coronado en los estados Bolívar, Aragua y Mérida, con cuyas
delegaciones hubiésemos consolidado el triunfo de nuestro candidato a la
Secretaria General Nacional.

No quiero jugar a “lo que hubiera sido y no fue”, pero apelando a la imaginación
ligada con hechos absolutamente probables, advertimos la desgracia entrañada
en esos momentos en los que se frustraron nuestras propuestas de cambio en la
conducción de la organización, fracaso que pulverizó la posibilidad de haber
evitado que el partido se plegara a la defenestración del presidente Carlos Andrés
Pérez en 1993.

Con Héctor Alonso –liderando a Acción Democrática–otro hubiese sido el
devenir del partido y no esa historia oscura que nos hizo perder el rumbo como
partido de gobierno y a su vez liquidar el plan económico, político y social puesto
en marcha a partir de 1989, mediante el cual se pretendía dejar atrás el rentismo;
deslastrarnos del pervertido pragmatismo que dio origen al clientelismo que
entre otras expresiones, como las mutuas descalificaciones entre los voceros de
los partidos, alimentaba los sentimientos de la anti política. Se avanzaba a dar el
paso firme hacia la descentralización, a abrir el sendero constitucional de los
derechos y garantías económicas congeladas, reducir el tamaño del Estado, lo
cual no implicaba su insignificancia, sino más bien la redefinición como ente
fundamental de la institución pública: todo lo cual conllevaba una novedosa
mirada a sus capacidades, funciones y misión en el entramado de la Venezuela
que se estaba configurando bajo el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez. El
sólo dato qué para finales del año 1991 el crecimiento económico verificado
rondaba los 10 puntos, es más que suficiente para lamentar que se haya truncado
o descarrilado esa locomotora que viajaba hacia el definitivo y luminoso gran
viraje.

Esa visión transformadora tuvo, y tiene, en Héctor Alonso, un pedagogo
predicante para toda Venezuela con un pensamiento vigente que se resume en
sus dos más sobresalientes pensamientos, uno convertido en libro y el otro
hecho formulación y práctica. Primeramente, la política con rostro humano, el
rostro humano de la política: mentís formidable del maquiavelismo criollo que
impuso, en degradación salvaje, el método «catch as catch can» en la política
venezolana y desde luego en la política interna en AD, cuyo mejor resultado fue
la felonía contra Carlos Andrés Pérez. El otro pensamiento, o cambiamos o nos
cambian, que lejos de entrañar una admonición retrechera o de pesimismo, es
un cuasi silogismo de la inteligencia de vida de él, Héctor Alonso, que ha
concebido la política como un ejercicio para servir, no sólo en la hora exigente de
la representación sino en el tiempo de la confianza entregada, que, echada al
olvido, o distraído del compromiso inicial, la paciencia y tolerancia popular
agotada y perdida termina cambiando de sentimiento y querencia. No siendo una
frase apocalíptica tuvo algo de profética. O cambiamos o nos cambian fue
también una frase de alto contenido ético: todo pueblo está en la obligación de
cambiar de emoción, de convicción, de pertenencia, cuando es abandonado o
descuidado por quienes teniendo la confianza popular la trueca por el goce
particular de beneficios y por el fetiche arrogante del poder, sin servicio, sin
bondad, ni inteligencia ni humildad. Ante todos esos acontecimientos, apreciado
Héctor, estimo que es hora de realizar una indispensable e ineludible jornada de
autocrítica que nos permita sacar conclusiones respecto a los errores que todos
cometimos en este trance. Siempre te escuchaba decir que » la autocrítica es la
mejor vía para la rectificación».

Demás está decir que también otra hubiese sido la percepción social y la
dinámica del escenario político frente al golpismo impulsado, entre otros, por
Hugo Chávez y el siniestro plan de los protagonistas de la «rebelión de los
náufragos».

El pasado domingo 12 de septiembre, Héctor Alonso publicó una crónica que
resume ese ciclo histórico de manera extraordinaria y coincido con la
calificación del historiador Ramón Rivas Aguilar al decir sobre ese relato que “se
trata de un juicio del pasado de Acción Democrática y un pronostico anticipado
(sic) de cara al futuro”. En ese diagnostico y en esa visión, y en muchas otras
cosas más, tenemos Héctor y yo, muchas coincidencias.

Pensamos en que ésta es la hora de la unidad con sensatez, unidad con
propósitos, conducida por un liderazgo firme, valiente, inteligente y sobrio,
como esas virtudes que distinguían a Leonardo Ruiz Pineda, según palabras de
Gallegos: “el hombre de la fina valentía y de la gozosa audacia”.

Un liderazgo como lo pidió Jehová a Josue cuando encaró la odisea de llevar al
pueblo a la tierra prometida: «Sé fuerte y valiente…solo esfuérzate y sé valiente…
no temas ni te acobardes». Pensamos que es esta una circunstancia en la que
debemos inspirarnos en los acontecimientos ocurridos en aquella mezcla de
audacia, iglesia, balcón, sotana, mensaje oportuno y pueblo que germinó la
libertad aquel 19 de abril de 1810, porque nuestra intención de independencia
alumbró en una plaza pública –y comadrona fue una asamblea ciudadana– no
en un cuartel, teniendo en cuenta que esas bayonetas fueron desenvainadas
después para cantar victoria en Carabobo el 24 de junio de 1821.

Ciento diez años luego, Acción Democrática dictó una pauta muy nítida en el
Plan de Barranquilla cuando apeló a la necesaria participación de los líderes
civiles para que se dispusieran a administrar los asuntos públicos. Esa línea
cobra mayor justificación ahora cuando estamos padeciendo las nefastas
consecuencias del desempeño desastroso del pretorianismo, posmodernista, de
nuevo cuño.

Otro legado de esa generación prometedora fue su entusiasmo por defender las
garantías que hicieran posible que los venezolanos nos expresáramos
libremente, que pudiéramos divulgar nuestros pensamientos en artículos de
prensa y en los mitines programados como el del 13 de septiembre de 1941 en el
Nuevo Circo de Caracas. Ese acto resume lo que comenzaba a ser en la realidad de
entonces el ejercicio de los derechos individuales de asociación, de participar en
reuniones y a desplazarnos libremente. El derecho de asamblea. El derecho
inalienable que cada pueblo, caserío y aldea, cada barrio y urbanización, tuviera
su asamblea, su comité de base.

Me retrotraigo a esos episodios para fundamentar la aspiración que apellidamos
«renovación» en aquel proceso de los años 1990-1992. Nosotros le estábamos
proponiendo al partido y desde nuestra trinchera partidista al país todo, una
agenda de cambios sin perder la esencia de los mejores tiempos del partido.
Pretendíamos rescatar el propósito originario, betancouriano, de instalar en
Venezuela una cultura civilista.

Queríamos practicar la política con pedagogía y que de los debates callejeros o
mediáticos saliera la voluntad soberana de los ciudadanos, puesta de manifiesto
a través del voto universal, directo y secreto. Por eso AD era más que una
maquinaria arrolladora, era una escuela de ciudadania para que por la vía del
ejercicio democrático se dirimieran las desavenencias, apartando
definitivamente de la escena la presencia grosera y violenta de las montoneras.
Muy claramente lo proclamaron nuestros fundadores que aspiraban ponerle
punto final “al desmigajamiento nacional forjada por politiquillos de aldea, por
miopes caciques de caserío”.

La impronta de AD en la fundación de la democracia es resaltante, diría que
protuberante: así, paradigmático, es como sobresale la figura de Gonzalo Barrios
como el precursor de la alternabilidad, cuando prefirió reconocer o admitir “una
derrota discutible, que defender una victoria sospechosa”, (la diferencia entre
Rafael Caldera y Gonzalo Barrios, en las elecciones de 1968, no fue mayor de 30
mil votos). En 1969 el presidente Raul Leoni traspasó el gobierno a un líder de la
oposición.

Por eso y mucho más calaron aquellas máximas de que Acción Democrática es
“el partido del pueblo”, con su Juan Bimba pertrechado del bollo de pan y
caminando pueblo por pueblo con su sombrero de cogollo en la cúspide de sus
pensamientos y sentimientos, y que el partido había figurado y concebido “a
imagen y semejanza del pueblo venezolano” y que por lo tanto, tal como me lo
recordó, recientemente, mi compañero Justo Mendoza, según palabras de
Andrés Eloy Blanco: “Acción Democrática está en la geografía del venezolano
tanto como en la geografía de Venezuela”. Y es verdad, Acción Democrática era
el reflejo en un espejo del país que se estaba macerando en ideas, líderes, partido
y masas. Era la expresión genuina de esa sociedad policlasista en la que
predominaban las inquietudes liberales.

Por eso mi estimado Héctor Alonso, es necesario e impostergable repensar a
Venezuela. Esa es una de las tareas que me propuse plasmar en mi libro que me
honraste en leer, en el cual no me limito al diagnostico de la catástrofe que nos
oprime, sino que me esmero en articular ideas para la Venezuela que
imaginamos para el futuro. Sigo pensando que el gran objetivo de todo nuestro
esfuerzo debe ser producir el cese de la usurpación e inmediatamente instalar un
gobierno de transición con carácter unitario, con un mínimo de puntos
previamente acordados para reconstruir la República y sus instituciones.

Aplicar un plan extraordinario de carácter social para asistir a la población que
está acorralada en la pobreza, sacarla de ese hueco, y eso no se logrará
limitándonos a poner en marcha métodos de ayudas espasmódicas, que solo
sirven para que esos millones de seres humanos sobrevivan en la miseria y en
correlativo subdesarrollo. Será inevitable activar un plan extraordinario para
renegociar la deuda pública externa, en el entendido de que un país con su
población padeciendo los rigores de una hambruna no puede estar dándole
prelación al pago de una deuda externa que, además, es de dudosas procedencia.

Hay que procurar dinero fresco en el BM, en el FMI, en el BID, etc. Hay que
rescatar capitales robados, crear ambiente atractivo para frenar el
empobrecimiento y para el despegue viable desde la arquitectura de la
prosperidad, con seguridad jurídica, gobernanza, confianza, etc., para repatriar
dineros colocado en el exterior, mientras adentro se rehabilita el BCV y se ataca
la hiperinflación con el diseño de un signo monetario para la coyuntura. El
dinero que se canalice debe orientarse a reactivar el aparato productivo,
garantizando la adquisición de materia prima e insumos necesarios para que las
miles de fabricas e industrias paralizadas se pongan en producción, se genere
empleo, capital social y riqueza interna. De ahí saldrán fuertes palancas para que
la gente emprendedora salga de ese pantano de pobreza: empleos estables y bien
remunerados y una educación de calidad, insisto.

Otro plan a poner en marcha debe ser para rescatar la infraestructura:
acueductos, electricidad (prioritariamente las termoeléctricas), fuentes de gas,
hospitales y ambulatorios, escuelas y universidades, campos deportivos y
centros culturales, vialidad primaria y secundaria, sistemas de riego, silos, y
simultáneamente acordar con el sector agropecuario un fondo para producir por
lo menos 10 rubros alimentarios (seriales, hortaliza, tubérculos, sector cárnica,
leche, aves, porcinos, pesca), garantizándole semillas certificadas, vacunas,
crédito oportuno; un parque de repuestos para la reparación de maquinaria
agrícola, desde tractores, cosechadoras, bombas, vehículos de transporte, etc.
Igualmente deben ser rehabilitadas las miles de unidades de producción con que
cuenta Venezuela a lo largo y ancho del país, tanto como política económica y
laboral, como acto de justicia para con los propietarios confiscados por la
voracidad y la envidia inoculada por los ideólogos enemigos de la generación de
riqueza y bienestar. Habrá que erradicar el mal endémico de la matraca que tiene
sus peligrosos vectores en esas alcabalas de la inmoralidad.

No es noticia nueva para ti Héctor Alonso, ese anterior párrafo, debes recordar
las emocionantes exposiciones de Alberto Herrera y Peña Navas mientras
viajábamos por carretera hacia San Felipe.

La Venezuela rentista debe desaparecer, igual ese mito de que “somos ricos
porque tenemos petróleo”. Será la hora de la economía del conocimiento
entrelazada con una economía solidaria de mercado. Sueño con ese país en
donde se privilegie un gran plan de educación con calidad con una visión de
corto, mediano y largo plazo. La piedra angular de la nueva Venezuela tiene que
ser la educación. De ese tema hablaba con pasión enternecedora tu padre,
Gustavo Amador López. Fue a él, conversando en el apartamento de la tía Delia
en el edificio Claret, en la calle Negrín, de Sabana Grande, a quien le escuche
decir eso de que “la inteligencia que estimulemos en la cabeza de los niños será
el petróleo que nunca se acabará”. ¡Que gran verdad! Ahí está la autentica
riqueza renovable.

PDVSA está seriamente averiada, dejó de ser la segunda transnacional petrolera
del mundo, con 22 refinerías procesando crudo, esa industria que en el segundo
gobierno de CAP llegó a incrementar en un millón de barriles su producción.
Ante su descalabro lo conveniente será crear una Agencia Nacional de
Hidrocarburos, mientras se dicta una nueva ley de esa materia. Un ambiente de
seguridad jurídica generará confianza y estabilidad política, que servirán para
captar capitales financieros privados para acometer la misión de relanzar esos
commodities. Las refinerías y otros enclaves como el de la CVG en Guayana,
deben ser atendidos, en el entendido de que se acabó el Estado benefactor e
intervencionista. Nuestro querido Homero Parra debe estar tarareando en el
cielo estas ideas que tanto discutía con nosotros.

La Venezuela que resurja debe contemplar planes ambientales, esa es una
realidad que nos confirma que la era de la descarbonización está en marcha. Las
energías alternas no deben estar fuera de los planes de esa nueva Venezuela.
Igualmente la realidad de un mundo multilateral en donde Venezuela debería
incursionar con serena audacia, racionalidad y talento. La ciencia y la tecnología
nos rebotan en la cara y la reacción no debe ser esquivar esa realidad. La era de la
cibernética, de las monedas virtuales, es lo empírico, lo fáctico.

Todo eso es posible hacerlo en el marco de una emergencia humanitaria. Pienso
en un Plan Marshall a lo venezolano y en un Plan Colombia adaptado a la
realidad actual de Venezuela, en donde opera un Estado Criminal y Forajido que
será imperioso desarmar y desmantelar. La Fuerza Armada Nacional debe ser
restablecida conforme a lo que dicta la Constitución Nacional en su art. 328.

Debe garantizarse la plena libertad de expresión, cerrar el ciclo de presos
políticos, de inhabilitaciones en Venezuela, discriminaciones de todo orden, y
expulsar del territorio nacional a las fuerzas irregulares que la invaden.
Ese gobierno de transición debe tener un límite de tiempo, no menos de 20
meses. Sus integrantes deberían emular el compromiso de los integrantes de la
Junta de Gobierno de 1945: no competir en las elecciones democráticas que
sobrevengan y en las que no exista la figura de la reelección, que para mi,
debería eliminarse, pero si incorporar la figura de la doble vuelta electoral.

Los nuevos gobernantes deben ser implacables con los responsables del
latrocinio perpetrado y más transparentes que la luz del sol. Pienso como
nuestro admirado Chelique Sarabia que “la crisis más difícil a superar es la
moral”, para dejar esa pandemia que mata los valores será menester muuucha
familia; esta, amenazada como está por el estado totalitario que pretende
convertir el núcleo fundamental de la sociedad –la familia– en un simple
vocablo jurídico, sub iudice de la jerarquía del poder, desprovista de su más alto
propósito: la educación de sus miembros. Sometida al hegemónico estado
comunal para invisibilizarla.

El Pacto de Puntofijo (1958) debe ser de obligatoria consulta como referencia
histórica exitosa. Por eso en las páginas postreras de mi libro presento, a
consideración de todos los sectores políticos, sociales y económicos de
Venezuela, la idea de suscribir un PACTO DE ESTADO en el que incluyamos,
previo debates y acuerdos, los puntos mínimos indispensables para dar lugar a la
reconstrucción o, como sugieren los prelados de la Iglesia Católica, refundación
de la República. Estas son inquietudes que comparto contigo apreciado Hector
Alonso, sin presumir que sean La Biblia, pero sí un humilde ejercicio propiciador
de intercambio de criterios. Lo que sí aseguro es que esta terrible crisis no será
estéril, como tampoco serán en vano tantos sacrificios encarnados por las
mujeres y hombres que se inmolaron encarando esa tiranía. Venezuela es más
grande que sus dificultades y tiene que ser igualmente mas inmensa que
nuestras ambiciones personales.

Mi muy apreciado Héctor Alonso, desde este exilio añoro, con un inenarrable
dolor de patria ausente, la Venezuela de mis desvelos y echo mano al genio de
nuestro insigne poeta Andrés Eloy Blanco para decirte con su verso:
Héctor, “ya la patria está muy lejos, la escucho ya en canciones y relatos, la
busco ya en cartas y retratos, la encuentro ya como el amor a los viejos, no digo
aquella de los cien reflejos, en el machete de sus arrebatos, sino la de sin maldad
y sin zapatos, la de pie y de agua como los espejos”.
Mi corazón, mi leal conciencia y mi inseparable Mitzy, saben cuanto deseo estar
allá, en la arena del combate, sin rendirnos jamás.


Se despide, siempre amigo y compañero;

Antonio Ledezma
Desde el exilio, Madrid,
15 de septiembre de 2021

Ante el paisaje en ruinas, un testimonio de la barbarie.

Héctor Alonso López

“No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie”
Walter Benjamin (Obras. Libro I/Vol 2)

Esta es la pregunta que está en el corazón del presente: ¿Qué nos pasó? Venezuela se está desmoronando y transita la senda estrecha de la destrucción y el abismo. Ni los muertos están seguros en sus sepulturas. La coyuntura es una agónica encrucijada de caminos. Y esta imagen no es una técnica dramática tremendista.

No me propongo actualizar el viejo dilema de civilización o barbarie, no. Si hago mía la reflexión de Walter Benjamin en torno a la pregunta: ¿Cómo podemos hablar de historia?  La historia se construye a través del acto mismo de relatarla. Para aquel desventurado filósofo y critico cultural víctima del nazismo, el problema no era responder cómo se han desarrollado las cosas, sino saber plantear las interrogantes. 

Apoyado en el concepto del presente, Benjamin enjuicia el Angelus Novus, la acuarela del artista alemán expresionista Paul Klee. El ángel de la historia tiene la boca abierta, los ojos desorbitados y las alas desplegadas. Su interpretación de la obra está contenida en la tesis número once:

Pues este aspecto deberá tener el ángel de la historia  Él ha vuelto  su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de datos, él ve una única catástrofe que amontona incansablemente ruina tras ruina y se la va arrojando a los pies. Bien le gustaría detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo destrozado. Pero, soplando desde el Paraíso, una tempestad se enreda en sus alas, y es tan fuerte que el ángel no  puede cerrarlas. Esa tempestad lo empuja incontenible hacia el futuro, al cual vuelve la espalda mientras el cumulo de ruinas ante él va creciendo”.

Creo entender que el sentido de la historia humana se muestra en las rupturas, en el repentino  surgimiento de lo imprevisible. Luego entonces no hay un destino fijado escrito en piedra. Al concebir la  historia como un paisaje en ruinas, Benjamin mostro cual fue su experiencia personal. En cualquier caso, esta es para mí la enseñanza a retener: la instancia del presente condiciona nuestra  visión del pasado y del futuro.   

 ¿Cómo hemos llegado a la debacle y a la eventual disolución nacional? Intentar responder a esa interrogante es mi homenaje a la fiesta de la memoria, ahora y en la hora en que Acción Democrática celebra el nuevo aniversario de una larga existencia. Este escrito esboza un recuento personal que invita a pensar, a participar y a comprometerse.   

Aprendimos sobre la Venezuela heroica narrada en los libros de escuela. Nos conocimos cuando éramos adolescentes. Compartimos los mismos sueños. A lo mejor las mismas utopías. Intercambiamos literatura novedosa que satisfacía nuestra sed de aprender. Pero una vez más el tiempo fue aleatorio y la historia contingente.

Nada en el país ha transcurrido a espalda de Acción Democrática. No hay obra de beneficio colectivo que no tenga el sello del partido. Es la evidencia clara a 78 años de su fundación.  Más de la mitad de nuestras vidas la entregamos al ideal que nos unió. Y es de justos reconocer las oportunidades políticas y personales que hicieron posible nuestro crecimiento como ciudadanos.

En horas de oscura opresión hubo resistencia, ofrendas de vidas, exilios, confinamientos, torturas, humillaciones, persecuciones, pecho abierto ante la bayoneta cruel, pero sobre todo dignidad frente al feroz perseguidor. Esa historia no estuvo exenta de omisiones, desviaciones, graves errores y traiciones. Hubo de todo, al fin de cuentas fue obra humana.

AD es la tierra nutricia de nuevos partidos políticos. La última división ocurrió en 1967. No olvido la imagen del edificio en Las Mercedes. Yo, un recién llegado a Caracas, veía como la sede nacional se repartía en dos pedazos.  Dos hermanos entraron en discordia y termina ganando la presidencia de la Republica quien nunca hubiera podido con los votos mayoritarios de la gente común.

De allí en adelante se hizo presente un lento proceso de disminución. Todavía éramos muchos con la misma comunidad de sentimientos, aunque unos estaban adentro y otros fuera. A pesar de las circunstancias adversas, el promedio de los resultados electorales de Acción Democrática fue de 32%. Hoy es apenas algo menos de una tercera parte.

Vistas así las cosas, la pregunta que quiero formular con interés histórico  es: ¿por qué llegamos a esta situación de naturaleza extrema? Insisto, la historia me interesa en la medida en que es una construcción que da sentido al presente. La otra concepción, respetable, cuyo método es la composición mediante acontecimientos donde el pasado nunca pasa, no encaja con mi propósito de articular la comprensión del presente. 

Tuvimos un liderazgo político que fue capaz de contener el autoritarismo, que hizo de la conciencia civilista el camino para resolver nuestros problemas y dirimir en paz los conflictos. Tuvimos convicción democracia para admitir la alternancia.  Pero una vez perdida la perspectiva  para renovar el proceso democrático, se abrieron las compuertas y descubrimos que la barbarie seguía viva entre nosotros.

Ahora atravesamos la zona de turbulencia de una crisis profunda  en camino hacia un severo conflicto mayor. Percibimos la disolución de todo vestigio de instituciones democráticas y nos encaminamos a un proceso de violencia, intolerancia, y fanatismo, a la disolución  de los fundamentos de una vida civilizada. No es poca cosa la que está en vilo.

El militarismo disfrazado con el traje de justicia social es una treta pragmática. El propósito es subordinar la sociedad a un estado mafioso. Las relaciones del gobierno con el mundo exterior son afines con los autoritarismos.  Aquel manipula el comodín del imperialismo de Estados Unidos, mientras que las empresas del nuevo zarismo ruso y el capitalismo chino con sus barajitas y abalorios dominan la economía nacional.

La organización social del gobierno se apoya en minorías desclasadas llenas de odio y resentimiento, sin conexión con la clase obrera y campesina. Son los harapientos de espíritu que denunció Carlos Marx en  18 de Brumario de Luis Bonaparte. La propiedad colectiva es una ficción, los trabajadores dueños de nada  ven como las fábricas expropiadas terminan enterradas en los cementerios de miles de empresas venezolanas.

El socialismo del siglo XXI se mantuvo en medio de enormes mil millonarios ingresos fiscales, repartidos a discreción, para beneficio de una nueva y vieja oligarquía de políticos, empresarios y militares. Hoy tenemos  un país más desigual donde contrasta la fastuosa riqueza asiática de la nomenclatura gobernante encumbrada y la pobreza paleolítica de millones en estado de sitio.     

Debemos asumir nuestras responsabilidades. Admito plenamente la mía, sin complejos. No hay espacio para el yo sino coraje para el nosotros. No pretendo aconsejar a nadie ni mucho menos ser juez que sentencia. Para los hombres públicos ya dictaminará la historia.  No puedo dejar de recordar que pertenezco a una generación que fue protagonista. Omitirlo resultaría una flaqueza de espíritu  imperdonable. 

Claudio Fermín, Rafael Ángel Marín Jaén, Timoteo Zambrano, Antonio Ledezma, Luis Emilio Rondón, Johan Perozo, Homero Parra, Pedro Benítez, Ángel Medina, Alfonso Marquina, Manuel Rosales, Eduardo Morales Gil, Pablo Pérez, Domingo Alberto Rangel Vega, Jorge Ramos Guerra, Liliana Hernández, Jorge Millán, Jesús Gabriel Peña Navas, Juan Requesens, muchos más y yo,  fuimos políticos destacados del partido. Paradójicamente, ya no estamos en él. Unos cuantos hemos llegado a tiempos de descuento.    

Mis fracasos no me definen, pero mi determinación sí.
En tres documentos pretendí dejar constancia de mi posición en la acción política nacional. Un documento dirigido a la militancia de AD del 12 de julio de 1990. Un segundo documento dirigido al CEN de AD del 24 de febrero de 1992. Y  el libro de vivencias personales El Rostro humano de la política, en especial el capítulo denominado Reunificación de la familia.

En calidad de candidato a la secretaria general de AD propuse la renovación del partido, modernizar la organización mediante prácticas de democracia interna más amplias. En aquella época tuve la convicción en la bondad de un partido abierto a la sociedad, una formación que dejara atrás la soberbia maquinaria cerrada que nos había enajenado tantas voluntades. Sin falsa modestia hoy digo que la realidad habla por sí sola.

Luego de los sucesos del 27 de febrero que indicaron la presencia de un poderoso malestar social, y tras la intentona militar del 4 de febrero, manifesté que la respuesta no podía ser meras declaraciones de prensa.  Entonces propuse la necesidad de repensar al Estado macro cefálico e ineficiente, avanzar en la implantación de un Estado fuerte que diera al ciudadano la posibilidad de hacer su propio destino. Prediqué en el desierto.

Claudio Fermín fue candidato a la presidencia de la República en 1993. Para competir en las elecciones internas de AD salió de una incomprensible cárcel el mismo día en que se cerraba el lapso de postulación para seleccionar el candidato presidencial de AD.  Él logró ganar las elecciones de base  en una proporción de 80% a 20.    

Derrotado por Rafael Caldera se fue del país. Un grupo de veinte personas acordamos reunirnos en Trinidad y Tobago.  Quisimos  convencerlo  de que regresara a Venezuela gracias a una buena excusa,  la celebración de los cincuenta años de matrimonio de mis padres. Vino y volvió al día siguiente a Estados Unidos. Al  poco tiempo nos enteramos de su regreso al país, y nos sorprendió sus abundantes elogios a Luis Alfaro Ucero, de quien pensábamos sería el último caudillo de la política venezolana.

Después lo vi compitiendo a la presidencia por el partido Renovación. Yo ayudaba a Carlos Andrés Pérez desde el movimiento Apertura.  No niego que hice esfuerzos para  conseguirle respaldo y ver a Claudio y CAP juntos en la calle. Pero Claudio, procurando los votos del Movimiento al Socialismo, acordó el respaldo a cambio de una declaración pública donde conminaba a CAP sobre una situación que ponía en entredicho su honorabilidad.

El viejo proverbio ingles dice que nobleza obliga. Como muchos de sus amigos, a Claudio lo acompañé en la funeraria y en el cementerio, donde fueron llevados los restos de su hijo, víctima de la terrible inseguridad que consume de miedo y desesperanza a la población venezolana. Ese ha sido el pan nuestro de cada día. La crisis del país es integral.

En el 2000 Claudio es candidato independiente y obtiene solo el 3% de los votos. En el 2018 volvió a ser candidato por un partido llamado Soluciones. Claudio terminó cediendo a Henry Falcón, para luego asumir  la jefatura de la campaña. Solicite a Johan Perozo que me consiguiera una cita con Claudio, quería conocer su percepción de lo que estaba ocurriendo. Johan hizo el trabajo a regañadientes, porque si bien coincidíamos en algunas apreciaciones, sentía total indisposición hacia la tarea. Claudio respondió que al regresar a Caracas nos reuniríamos.

Nunca nos vimos ni llamó. Solo supe de él cuando lo vi en un programa de TV en tándem con Juan Barreto. No lo critiqué pues cada quien escoge sus amigos. Y más recientemente pude verlo en plan estelar, en medio de los hermanos Jorge y Delcy Rodríguez, en el pacto de la oposición oficial con el gobierno en la Casa Amarilla.

Conozco a Rafael Marín desde hace cuarenta años. Su hermano fue a Mérida a estudiar en la universidad y encontró en mi hogar un sitio propio. Rafael es inteligente,  rebelde y, por qué no decirlo, valiente. En la década inicial del largo deslave chavista llegó a secretario general de Acción Democrática, el máximo cargo ejecutivo del partido, después que Luis Alfaro Ucero, tras haber sido candidato a la presidencia de la Republica, fuera derrocado y expulsado de AD.   

Rafael fue víctima de uno de los peores atentados ocurridos contra un diputado del Congreso. Estuvo a punto de morir por las graves fracturas y contusiones en el cráneo producidas por bandas armadas del chavismo que asaltaron el Capitolio Federal. Luego de una larga convalecencia y, perseguido por el régimen, logró salir del país. Vivió en Madrid.

Pasado el tiempo regresó al país, Sus amigos nos reunimos para darle la bienvenida. El año pasado nos vimos compartiendo un almuerzo con amigos en La Guaira. Prometimos profundizar la conversación sobre el futuro de Venezuela.  No supe más de Marín hasta que lo vi por TV, sentado en una de las butacas de la Casa Amarilla. Formaba parte  de los corifeos que aplaudía la maquinación de la oposición de utilería.  

Timoteo Zambrano encontró en la política internacional su nicho. Una secretaría de AD a la cual llegó sin votos le abrió las puertas.  Tuvo en suerte caerle en gracia a J. L. Rodríguez Zapatero, y terminó siendo su alter ego. Dijo el español que Nicolás Maduro iba a sobrevivir a Donald Trump si se continuaba con la política de presiones sin alternativas. Fue un chispazo de comprensión descubrir a Timoteo en palacio, leyendo su espaldarazo a la tiranía. No, no es cierta la polarización. La población que abajo padece  no está polarizada. Pero hay gente que ama las cadenas.

Tampoco acuso a nadie porque no hablo desde la superioridad moral atribuida. Quiero, eso sí, dar testimonio del paisaje espiritual de nuestro tiempo. Pienso en el símil. El  ángel de la historia está horrorizado porque constata los destrozos que produce su marcha. Se desplaza sobre cadáveres y escombros. Pese al lamento seguirá dando la espalda al sufrimiento que deja tras de sí.  

Walter Benjamin convirtió el ángel de la guarda de la tradición talmúdica en un mensajero autorizado. Nosotros percibimos aquello que el ángel ve, pero lo interpretamos de otra manera. Vemos los destrozos que causa la historia y creemos que son acontecimientos inevitables. Por eso aquel pensador denunció el embrujo que ponía en pie de igualdad el progreso con el constante eterno retorno de lo mismo. .

Benjamin  comprendió que la lucha social era también una contienda por los bienes culturales que dan confianza y continuidad.  La sentencia suya moviliza el pensamiento: “No hay documento de cultura que no lo sea al mismo tiempo de barbarie”. Su muerte por sobredosis en Portbou, España, invirtió el sentido de aquella máxima. Todo acto de barbarie del oprimido puede suponer un acto de cultura.     

Si la conciencia histórica es el paso del reino de la necesidad al tiempo de los posibles, habrá que formular la pregunta central de la ética de la responsabilidad ¿qué debemos hacer ante los escombros de la debacle nacional? Nuestra primera obligación  es pensar con valentía, sin pereza en el corazón. Postulo que la política económica del socialismo del siglo XXI es la continuación de las ejecutorias de los gobiernos de la democracia representativa.

Los efectos económicos de la revolución bolivariana describen una línea de continuidad, que solo acentúa  las consecuencias ruinosas. Venezuela había vivido experiencias semejantes en los cincuenta años que precedieron al fenómeno chavista. Así por caso padecimos el contrabando de extracción, fuga de capitales, acaparamiento, corrupción por el control de cambio, inflación alta y escasez recurrente.

Los gobiernos de AD y Copey iniciaron los ciclos de inestabilidad y crisis económica. Se inventaron la Agencia de Protección al Consumidor para controlar los precios, y la especulación se desató. Aplicaron el control de cambio con la finalidad de detener la fuga de capitales, pero el Régimen de Cambio Diferencial fue un inmenso dispositivo de corrupción y el dinero fugado al exterior nunca cesó.  

Ambos partidos promovieron con entusiasmo la política de sustitución de importaciones. Pero la escasez perjudicó al consumidor, mientras que los hombres de empresa acudían al pretexto de la competencia desleal. Los empresarios siempre se disgustan con las importaciones, alegan defender la producción nacional. En realidad solo piden protección oficial del Estado.

Los controles son la causa esencial de los problemas. La gente, además, se las ingenia para evadirlos: contrabando, quemacupos, acaparamiento, compras nerviosas,  formas variadas de la picardía criolla. Ni paga impuestos por esas transacciones ilegales. Insistir en las políticas de control es una cristalización ideológica o es una manifestación interesada de los cazadores de renta.   

No puede haber vuelta atrás porque esta herencia es inviable. En trece años, diez  meses y seis días, el gobierno de Hugo Chávez se distinguió por la lengua y una ristra de desastres. Su legado fue un coctel tóxico: recesión, inflación, caída de las reservas, escasez, corrupción diseminada, tasa de cambio sobrevaluada, y empresas expropiadas en ruinas.

Nicolás Maduro continuó el mal manejo económico, con el sobrepeso de su sectarismo. Sin carisma, carente del favor popular,  repartió el poder.  La fuerza armada ha sido el sostén principal de la evolución del chavismo sin Chávez. El ejército ha tomado el control de los negocios más lucrativos. Y las bandas armadas alineadas con su gobierno ejecutan la tarea represiva. 

La carestía aflige a la población, la espiral inflacionaria de siete dígitos ha sido el detonador de la diáspora.  Producir dinero inorgánico es una guerra contra el sentido común. La gente entiende la dimensión del colapso y decide emigrar por cualquier medio. Nadie abandona su casa por gusto. La emigración es una apuesta existencial muy alta. Pero la verdad es que somos un país de abandono.  

El régimen hibrido de rasgos democráticos y autoritarios del chavismo se ha convertido en una dictadura desembozada. La disposición de someter por hambre a la población pone de manifiesto su cruel naturaleza inescrupulosa La oscura importación oficial de artículos de primera necesidad, y su distribución  entre la militancia, es un dispositivo de extorsión alimentaria. Clap en ingles significa aplauso.  

Esta es una tragedia nacional que toma dimensiones de crisis regional. Es el resultado de una política económica de control social llevada a grados extremos. Pero decir que la debacle nacional es obra de una acción racional no es suficiente. También ha habido las anteojeras de los prejuicios ideológicos.   

El final es abierto, esa es la conclusión.  El tiempo no es uniforme, cada momento se despliega en posibilidades que se bifurcan. Sobre  alternativas, contra factuales y discontinuidades imprevistas hay desarrollos sugerentes en la ciencia, la literatura y la historia virtual. En cualquier caso, pienso que los seres humanos hacen su historia arrojados a la libertad angustiosa de elegir y tomar decisiones.    

Si la historia humana está hecha de quiebres y turbulencias que cambian formas y relaciones, al pensar en la dimensión social y mirar hacia el interior de los partidos políticos venezolanos, llama la atención su naturaleza conservadora. Su tiempo es mineral.

La escogencia de los cuadros dirigentes ocurre por un proceso de selección invertido. Para asegurar la concentración de poder en la figura del secretario general, la dirección nacional es conformada por nombres de bajo perfil político, proyección social o influencia académica. AD, por caso, no ha tenido una convención nacional desde el año 2005. 

Quien observe el porcentaje de asistencia de los diputados a la Asamblea Nacional, el número de sus  intervenciones y propuestas, la frecuencia de los planteamientos en los medios sociales,  encontrará una dramática crisis de pensamiento. Y esa falta de consistencia se refleja en la calidad de la acción política. 

Llega Acción Democrática a una edad venerable. La lucha política también es un combate de tipo cultural. Pienso que el partido tiene un capital simbólico importante. Rómulo Betancourt, tres veces aventado al destierro. Leonardo Ruiz Pineda, asesinado por la dictadura militar. Alberto Carnevali, también secretario general, muerto en la cárcel. Ese legado inspira mente y corazones. 

En vista de sus declaraciones y ejecutorias, quedan pocas dudas sobre el carácter dictatorial del socialismo del siglo XXI. El problema es el olfato del oportunismo bien desarrollado.  Los saltimbanquis aparecen en coyunturas electorales a modo de comodines para inclinar la balanza donde más les  conviene. 

En fin, sigue siendo válida la máxima de que en política el engaño no es excusa.